viernes, 22 de mayo de 2009

Edurne Pasabán, princesa vista desde La Mancha


Edurne es mi ídolo. Un ídolo que camina por las cumbres mas altas. La gran corredora del tour de las montañas mas altas de la tierra. Y además buena gente.

Acaba de subir a su decimosegundo ochomil y con dos mas será la primera mujer que haga los catorce picos de más de ocho mil.

La noticia la he seguido por Radio Nacional. Va con la gente de “Al filo de lo Imposible. Primero supimos que había hecho cumbre. Subió al Kangchenjunga, de 8.586. Iba esta vez con Alex Txikon, Juanito Oiarzabal, Asier Izagirre y Jorge Egocheaga. Al día siguiente se escuchó que estaban teniendo problemas en la bajada, que ese día no llegarían al campo base y que se habían quedado en el cb 4 reponiéndose y tomando oxigeno. Habían estado mas de 14 horas por encima de ocho mil. Al día siguiente escuchamos las noticias estremecedoras de un descenso en la extenuación que por poco le cuesta la vida. Luego su voz, afónica, rota, y su relato sincero, humilde y conmovedor. Hay que escucharlo. Como quería quedarse, como se abandonaba, y como la arrastraron y la ayudaron incluso rapelando. En plena heroicidad ella, sus compañeros, los sherpas. Ahora vuelve en vuelo hacia un hospital de Zaragoza para revisión de congelaciones.

He buscado la ampliación de la noticia en la prensa digital, sección deportes. Aparte de una noticia preliminar en el Público, parece que para los medios estas noticias deportivas no interesan o no son relevantes. Es indignante: Basta ya de tanto furbo en los medios, ya está bien de tanto barsa, tanto mesi y tanto ronaldo.

 Rebuscando un poco he encontrado la noticia en el Correo Digital, que sí recoge ampliamente la proeza de su paisana vasca:

http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/20090522/deportes/mas-deporte/pasaban-cuerpo-dijo-basta-20090522.html

Luego curiosamente encuentro que El Mundo da una noticia relacionada con Edurne que me parece muy interesante:

 http://www.elmundo.es/elmundodeporte/2009/05/20/masdeporte/1242838515.html

 Si lo leéis podéis ver que hay tres mujeres: Edurne, la austriaca Gerlinde Kaltenbrunner y la italiana Nives Meroi, que intentan conseguir en lucha cerrada el record de ser la primera mujer en conseguir los catorce ochomiles.

 Mi queja no ha sido en balde. La noticia de hoy es que van a proponer a Edurne Pasabán para un Principe de Asturias. Debería ser no un premio al deporte, que ese va para los que se promocionan desde los medios, sino un nuevo premio: Princesa del Himalaya.

sábado, 9 de mayo de 2009

La Pedriza en flor de jara

Sin poder entrar en la Pedriza por la gran afluencia de coches y multitudes ya a primera hora de la mañana, nos hemos visto obligados a buscar otro sitio libre, y nos hemos ido la Pedriza Anterior, y allí hemos disfrutado del gran espectáculo de la Pedriza en flor de jara en total soledad.

Hay que recordar la fecha: 9 de mayo. En esta fecha se ha producido la gran explosión de la floración de la Pedriza, por su vertiente sureste. Por el Hueco del Recuenco, por las lomas de la subida al Collado del Avispadero, el mar de jaras, tan intenso y profundo que a veces no se puede avanzar, densas, altas, ya medio pringosas, estaban tan blancas de flores que llenaba todo el paisaje de puntos blancos. No eran las únicas plantas. El cantueso está a tope de flores, tantas que entre las jaras dan una tonalidad morada a todo el campo. Así que los colores verde de la jara, blanco de las flores y morado del cantueso, mas algunos amarillos de las retamas también en flor, son entre las inmensas masas rosa del granito, una sinfonía de luz y color.

Como no asombrarse si de tantas flores, nuestras camisas iban pintadas de manchas amarillas de polen, si las sendas estaban llenas de pétalos blancos de jara que pisábamos como si fuéramos héroes victoriosos o semidioses subiendo al Olimpo. Tan grandes están este año las flores de la jara que parecen huevos fritos.

Camino frondoso y florido que nos ha conducido en un ameno paseo desde la Dehesa Boyal, donde por cierto robles y encinas también están en flor, hasta el Collado de la Gran Cañada, donde otras veces encontramos refugio por ventisca y esta vez lugar de comida y reposo por las peñas próximas de los Candelabros.

 Como si tantas magníficas peñas fueran sendos túmulos, el famoso soneto de Cervantes (con estrambote) dedicado al Túmulo del Rey Felipe II en Sevilla nos permiten estas y otra analogías mas que libres:

 «¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza

y que diera un doblón por describilla!

Porque ¿a quién no sorprende y maravilla

esta máquina insigne, esta riqueza?

»Por Jesucristo vivo, cada pieza

vale más de un millón, y que es mancilla

que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!,

Roma triunfante en ánimo y nobleza.

»Apostaré que el ánima del muerto,

por gozar este sitio, hoy ha dejado

la gloria donde vive eternamente».

Esto oyó un valentón y dijo: «Es cierto

cuanto dice voacé, señor soldado,

y el que dijere lo contrario miente».

Y luego, in continente,

caló el chapeo, requirió la espada,

miró al soslayo, fuese y no hubo nada

domingo, 3 de mayo de 2009

Por fin en la Torre Inclinada de la Pedriza

Sin pensarlo inicialmente, sin nuestra compañía que ese día no pudo ser, nuestros amigos fueron  a La Pedriza y como por querencia terminaron dirigiéndose y alcanzando la Torre Inclinada.

Adjunto parte de su crónica. Me gusta porque me dedica un relato llenos de sentimientos. Y de amor a La Pedriza:

 

“Por nuestra parte, salimos más rezagados pero con la intención de disfrutar, antes de que entrase el frente nuboso anunciado. Decidimos por fácil acceso ir al Hueco de las Higueras que nos recibió con un manto de flores blancas del inmenso jaral que por su frondosidad nos supera en altura y que se extiende entre los bloques de granito. Esa flor, tan sencilla y humilde, sin la tersura del rosal silvestre ni de la margarita, arrugada y efímera con su toque amarillo parecían pañuelos blancos que nos saludaran. Después de repuestos de esta primera impresión, cuando miramos hacia el suelo pudimos apreciar que el cantueso y el brezo blanco, abundantes también, estaba en floración, así como la arrogante vara en flor del barrón. Una gozada que aprovechamos para traer algunos brotes para ikebanas”.

 

“Recordamos nuestra anterior incursión, donde usamos tu achuelo y las tijeras de podar para abrirnos paso y seguimos los hitos que fuimos dejando. Los arroyos ya han menguado mucho y sin excesivas dificultades llegamos a la pradera donde sestearon nuestras prójimas la última vez, mientras buscamos el acceso a la Torre Inclinada. Seguimos la ruta hacia el collado que da al Recuenco y a medio camino, se quedó mi chica tomando el sol, como ella quiso, rodeada de un inmenso circulo de peñas en la mas absoluta soledad”.

 

“Deje la mochila y me aventuré a subir hasta la Torre, siguiendo unos hitos que a veces me encerraban en los jarales, viendo la Torre mas cerca, cada vez que levantaba la cabeza, y subiendo de pulsaciones mas por la emoción de llegar a sus pies que por el esfuerzo. Aprovechando la sequedad y adherencia del granito pude trepar en algunos caso sin riesgo hasta su propia base, en una media hora. Que carencia el no poder compartir esos momentos. Hice unas fotos con el móvil, recorrí el entorno, muy abrupto, hasta un collado a unos cincuenta metros donde se apreciaba el  hueco del Recuenco desde arriba. Por el otro lado, a la derecha según subes vi un hito destacado en un pequeña pradera, ideal para reposar y celebrar la estancia y que conducía a una posible ruta por fuera del Hueco y que me quedé con ganas de explorar pues parecía un recorrido mas accesible. Junto a la Torre hay otra mole mas baja en forma de falo totalmente exento pues la torre por detrás esta apoyada. No vi por esa zona chapas de escalada y no me atreví a rodearla porque tenía que seguir trepando y supuse que mi chica, como así fue, estaría impaciente por empezar a tomarnos las viandas: una ensalada de judías y remolacha, pepino y zanahoria, muy sabrosa y colorista, y un arroz con algas y pasas que me supieron a gloria mientras miraba de reojo la vigilante Torre en lo alto”.

 

“Así que en cuanto halla un día propicio, sin solana, tenemos que subir, por donde yo lo hice, o buscar la ruta por fuera porque es un espectáculo y llevar a las chicas”.

domingo, 19 de abril de 2009

El Cancho de los Muertos de la Pedriza. Ruta directa





Después de descubrir lo de la Cruz del Mirlo en el Collado de Valdehalcones, apuntando al Cancho de los Muertos, había que hacer una visita a este lugar para dejarnos penetrar por la leyenda de ese lugar de bandidos que pelean y mueren en una reyerta cayendo desde lo alto de los riscos, todo ello por la posesión de una mozuela madrileña raptada y allí escondida.

 

Los riscos del Cancho de los Muertos son muy visibles. Así desde Cantocochino aparecen como un impresionante escenario en la dirección del Collado del Cabrón, que está justo detrás. Del conjunto el risco de la derecha mas poliédrico, con estrías horizontales, es el Cancho de los Muertos. El de la izquierda es el llamado El Dante.

 

En la zona de Cantocochino y tras el puente de la Escuela Taller hay un cartel indicador de la ruta circular por el Collado del Cabrón. En el se indica que se puede llegar al Cancho de los Muertos desde el Collado. Nos planteamos ir directamente cogiendo la Vereda del Cancho de los Muertos que sale a la derecha de la Vereda de los Mesones (PR-M1), al poco de empezar esta, tras un pequeño arroyo. Sale en dirección norte por la margen izquierda de dicho arroyo. También hay senda por la derecha del arroyo y además hay antiguas señales blanco – amarilla porque el PR se marcaba antiguamente por ahí. De hecho es el camino recto hacia el Collado del Cabrón. Actualmente se ve que la totalidad de la senda está poco transitada aunque hay señales suficientes y además siempre están los Riscos del Cancho como referencia. El camino es boscoso, con jara muy cerrada y con ejemplares de pinos de mucha envergadura.

 

La senda aunque de pendiente continuada no es difícil. Hay una par de zonas donde hay que superar algunos desniveles con pequeñas escaladas. A medida que se progresa las vista del Cancho son mas atractivas. Además como se va por cuerda se pueden ir viendo hacia el oeste toda la Sierra del Hilo, desde el Collado de Valdehalcones hasta la Maliciosa al fondo, y hacia el este todo el circo de la Pedriza.

 

Sin duda es mas bonito e impresionante acceder desde el sur al Cancho de los Muertos. Al final de la senda y ya en las inmediaciones hay una pequeña placita entre rocas que parece un salon aunque sea de bandidos. Luego el camino va bordeando por la derecha el macizo. Hay una senda inferior, que no descubrimos que debe pasar por zona próxima al risco “Tora Bora”. Seguimos el que se acerca a la misma base del Cancho. Merece la pena descubrir el contorno de base del risco y rodearlo, sobre todo la zona que en su parte alta tiene un saliente como un gran balcón que supongo que hará peliaguda la escalada. Y merece la pena desde luego ascender por algunos senderos que suben hasta la base de la zona norte. En un punto tras subir por unas escurridizas rocas descubres otro “salón” rodeado de torres, tambien punto de inicio de escaladas. Y ver el paisaje a través de la gran grieta entre dos grandes riscos, mas que grieta hendidura enorme, como la boca de un gran cañón. Es todo el conjunto como una grandísima fortaleza pétrea.

 

Como el Cancho nos conmovió de emociones, se nos abrió el apetito y los deseos de descorchar el tinto. Así que fuimos al mejor restaurante de la zona, mejor porque tiene las mejores vistas de la Pedriza, y por las buenas mesas y asientos. Está más allá del Collado del Cabrón en la senda de Prao Pollo y en el Miradero de los Piganillos.

 

La vuelta la hicimos por el mismo camino de la ida, porque nos había gustado y porque es la forma rápida de volver, poco mas de una hora.

domingo, 12 de abril de 2009

Semana Santa



Jueves Santo

Con entusiasmo festivo nos vamos de museos. Elegimos Caixa Forum. Hay que ver la exposición de Vlaminck, uno de los pintores mas representativos del fauvismo. Lo definimos con sus propias palabras: “je ahussais tous les tons, je transposais dans une orchestration de couleurs pures tous les sentiments qui m’étaient perceptibles. Y’étais un barbare tendre et plein de violence”

Nos vamos de cervezas. En la taberna de ambiente torero de la Calle Moratín, justo enfrente de Amor de Dios vemos por televisión las procesiones de Madrid, que están ocurriendo un poco mas allá. Muy fuerte la salida de la Iglesia de San Pedro del paso de un cristo, que como ha de salir por una puerta no tan alta como fuera menester, los muchísimos cofrades han de sacarlo de rodillas a pequeños pasos y tirones que seguro quiebran muchas lumbares. Fuera las calles de Madrid, nunca tan llenas de turistas, relumbran con el atardecer primaveral.

 

Viernes Santo

El día de viernes santo se embellece con lluvias y fríos invernales que son para contemplar desde casa. Se combate el aburrimiento mortal de este día con un buen potaje. Te salvas de la docugangrena televisiva con la internet. Resulta que en la página web de RTVE, pestaña Archivo TVE, han puesto las series literarias de TVE. Se pueden ver los capítulos emitidos en su momento. Por ejemplo, una delicia volver a ver El Quijote de Gutierrez Aragón, interpretada por Fernando Rey y Alfredo Landa.

http://www.rtve.es/television/el-quijote/

 

Sábado Santo

Si tu chica se va a México, date un largo paseo con tu perro y cuéntaselo.

Escucho en una entrevista a Carlos Galilea, director del programa 'Cuando los elefantes sueñan con la música', de Radio 3 y descubres a este personaje a quien hemos oído tanta veces. Es un personaje importante. Reclutado a finales de los 80 por Argenta lleva desde entonces conduciendo un programa en el que ponen la mejor música brasileña, con gusto exquisito y cautivando todas las noches a sus oyentes. Todas las noches de lunes a viernes a las 22 horas.

http://www.rtve.es/radio/20080818/cuando-los-elefantes-suenan-con-musica/139196.shtml

Por la tarde desde la Plaza de Toros de la Malagueta se televisa una corrida de toros picassiana. La primera corrida picasiana de la historia. No creo. Los toreros visten unos trajes preciosos con bordados que son motivos picasianos. Solo Dominguín había vestido un traje de luces diseñado por Picasso. En la arena está dibujado un toro del pintor. Hay un torero, otro artista francés, que viste con ornamentos y colores que recuerdan el Arlequín. Es Castella. Su toreo está lleno de emoción. Está superior. La Plaza se conmociona. Son mis primeras lágrimas de la Semana Santa.


Domingo de Resurrección

Talavante torea en las Ventas. Unico espada para seis toros. Toros de Nuñez del Cuvillo asquerosos. Es una tarde fría y ventosa. Talavante se queda como pasmao. La afición le despide con lluvia de almohadillas.

lunes, 6 de abril de 2009

Pestiños moros. (Ragaif)



No pase Semana Santa sin que el potaje de garbanzos, las torrijas, el bacalao en escabeche, las natillas os ayuden en este tiempo de ayuno y abstinenca. Y sin que falte los ragaif.
Estos útimos son unos "pestiños" marroquíes especialmente recomendables, por ser absolutamente exquisitos. Además la gastronomía de esta época de cuaresma sabe mejor mezclando culturas para ir creando un sincretismo religioso gastronómico.
Regalo extraordinario de nuestra amiga Fátima los ha cocinado y nos ha proporcionado la receta, que os pongo a continuación, para que os animeis:

RAGAIF

 

INGREDIENTES:

(8) Tortitas.

 

¾ kg. de harina de fuerza

Una cucharadita de sal

Aceite de girasol

Tres cucharaditas de mantequilla derretida

¼ Kg. almendras cruda picadas

Miel licuada

Sésamo

 

 

ELABORACIÓN:

 

ü      Se mezcla la harina, la sal y un poco de agua. Se amasa bien como para hacer pan y conseguir la misma textura.

ü      Mezclar la mantequilla y una cucharada de aceite girasol que se utilizará para terminar de amasar. Dejar un poco en reposo, al menos ¼ de hora

ü      Moldeando con las manos impregnadas en aceite hacer bolitas como de 4-5 cm. de diámetro. Extender mucho cada bolita sobre la tabla, impregnada de aceite,  hasta convertirla en una fina lámina. Echar una cucharadita de almendra picada en el centro. Doblar y plegar como un pañuelo

ü      Freir en aceite de girasol o mezcla con oliva, abundante y no muy caliente, hasta dorar. Escurrir e ir colocando sobre bandeja

ü      Añadir por encima 1 cucharadita de miel, y un poco de sésamo o almendra picada.

domingo, 5 de abril de 2009

Pedriza. El Collado de Valdehalcones y la cruz de El Mirlo



Por llegar a la entrada de la Pedriza un poco tarde este sábado víspera de la semana santa, no pudimos acceder con coche al interior y cambiamos de planes iniciando la marcha justo desde ese punto. El recorrido que realizamos es tan interesante como los que se inician en el interior. La Pedriza nunca decepciona.

El recorrido efectuado ha sido el de seguir el límite del Parque por su borde sur y suroeste. Ese borde existe, inicialmente en tapia de piedra y luego en alambrada y existe porque las zonas limítrofes son fincas particulares que se cuidan de impedir el paso a los paseantes, a veces con letreros amenazantes de “cuidado, perros sueltos”. Lo cierto es que en todo el recorrido no falta pared o valla ni pueden abandonarse los límites, excepto en algún punto en el que se han echado abajo las vallas seguramente para acceder a las cumbres colindantes. Y es que hay en particular una zona que es la del extremo sur de la Sierra de los Porrones o Sierra del Hilo, donde está la Peña del Mediodía (1.321), Torretas de los Porrones (1.373), etc., que están excluidas de la Pedriza, deben ser privadas. Un trozo de sierra muy agreste, donde pueden observarse rebaños de cabra montés.

El recorrido se inicia cogiendo la GR10 que por allí pasa camino de Mataelpino. Pronto se encuentran puertas de entrada al recinto de la Pedriza y se puede proseguir por senderos que avanzan en paralelo a la tapia de contorno dejando a la izquierda el arroyo de Suerte Navazo. Hay en esa zona un fuerte contraste entre los prados de fuera del Parque, dedicados a pasto para vacas y la zona del interior, con abundantes árboles, la mayoría pino, enebro y encina, y suelo tapizado de romero tan abundante, que en esta época de floración tiñe de azul los montes. Allí pillamos a la vuelta en poco espacio lo suficiente para tener aguas de romero una temporada.

El Arroyo Navazo baja todavía con aguas y se llena de flores primaverales en los remansos. La zona más bonita está más allá de la intersección con el otro arroyo de Campuzano que baja de Quebrantaherraduras. Es también zona de abundantes cebollinos y ya se empiezan a ver la flores de narcisos silvestres.

A poco se llega a la tapia de la finca que según plano debe ser la llamada “Tinada de Quiñones”, la de la amenaza de perros sueltos, con una casa-chalé privilegiada por tener acceso directo a la Pedriza y por contar con parque propio que debe ser la Peña del Mediodía. Pasando por la puerta y tapia de esta finca se gira netamente hacia el norte para seguir la valla por la falda de la sierra ya en ascenso entre abundantes jarales. Hubo en esa zona recintos cerrados de piedra, seguramente para corrales de vacas. El mas interesante por su ubicación y por su fuente es el que está junto a la fuente del Aculadero, posible abrevadero de vacas pero que por sus abundantes aguas está limpio y apetece un remojón, no sé si en la forma que su nombre sugiere.

El camino prosigue, en general cerca de la valla, en paralelo a lo que parece que antaño fue una “calle” que daría servicio a los corrales de la zona. En un punto, Fuente Lapilla, la valla gira a la izquierda, orientándose al oeste, iniciándose la subida a la cuerda. Aparentemente entre tanta jara no hay sendero pero hay que descubrirlo siempre pegado a la valla, lo que tiene muy mala leche porque siendo subida pronunciada si por las irregularidades del camino das un traspiés te caes con todo el equipo encima de los espinos y te acuerdas de la familia de los que ponen vallas de alambre de espino al campo. Al final se llega al Collado de Valdealcones, que es sin duda uno de los mejores sitios para divisar en panorámica toda la Pedriza y particularmente la Pedriza posterior.

Al principio del Collado hay hitos de una senda que baja a la revuelta de la forestal, en el km. 6. El collado propiamente está un poco mas adelante. Partido por la mitad por la maldita valla, si entras en la zona prohibida se puede observar la zona de Mataelpino. De hecho desde allí arranca una senda a la izquierda que desciende hacia el Barranco del Robledillo. Buena zona para comer y descansar.

Desde el Collado se puede proseguir por la cuerda hacia Peña Blanca. Pero seguimos una senda que desde allí sale girando un poco a la derecha. Senda que no está indicada en el plano de la Pedriza y que nos llevó a través del pinar espeso de la zona, por un camino sinuoso, muy bien señalizado con hitos de piedra, mas debajo de lo previsto, justo a la PR-M16 a la altura de la Fuente del Terrizo. Desde allí hicimos la vuelta bajando por la senda forestal y cortando en los zig-zag y retomando el camino de subida a la altura de la fuente del Aculadero. De este retorno recordaremos los bonitos Cedros del Líbano junto a la pista, cuyas piñas son lo mas bonito que en piña que existe, y cuyas escamas no van para abajo sino para arriba.

 Como veis nada se ha dicho de la Cruz del Mirlo. Cuando estábamos en el Collado de Valdealcones nada sabíamos de ella, pero luego viendo en el plano y echando cuentas resulta que estuvimos comiendo al lado sin descubrirla y allí nos tumbamos contemplando el cielo. Luego vi la referencia en el mapa y pillé información y quedé asombrado.

En el Collado de Valdealcones tras cruzar la alambrada y caminar hacia la derecha se divisa un chozo arruinado. A una decena de pasos está una Cruz tendida. De las dimensiones de un hombre, está formado por cinco piedras de forma triangular toscamente labradas, siendo la que corresponde a la cabeza un bolo esférico. El monumento se alinea en dirección Noroeste-Sureste Desde sus pies se contempla un secreto rincón de la Pedriza: la del Cancho de los Muertos donde ocurrió una historia que se vincula con la vida de un sencillo personaje, El Mirlo, humilde cabrero, que por ser fiel a sus raíces, no quiso cambiar la vida regalada que le ofrecían por las frías madrugadas de la Sierra del Hilo. Lo que parece que le costó la vida.

El Mirlo está relacionado con la truculenta leyenda del Cancho de los Muertos, allá por 1919. La leyenda cuenta el enfrentamiento entre dos bandoleros que se disputaban ser el primero en abusar de una dama, secuestrada por su cuadrilla, y que el jefe de aquellos desalmados había convertido en su concubina. La disputa terminó con la muerte de uno de ellos. A su vuelta, el jefe obligó al superviviente a arrojar a su víctima por una zona arriscada. En aquel momento, y al grito de ¡no hay otro castigo que la muerte para quien se quiere apropiar de lo que se le ha encomendado!, le empujó al precipicio tras su víctima. Por instinto o tal vez por venganza el infortunado bandido se agarró a la pierna de su capitán, despeñándose ambos. Espeluznados por tan tremenda tragedia, el resto de bandoleros se dispersó por la serranía quedando la joven abandonada, perdida y sola por aquellos andurriales. Durante un tiempo erró la infortunada joven entre los solitarios canchales, hasta que la encontró El Mirlo. Nuestro buen cabrero abandonó su rebaño para guiarla hasta Madrid. Los padres de la joven quisieron premiarle, ofreciéndole incluso su casa. Nada quiso el lugareño quien, como narra Bernardo Constancio de Quirós, «volvió a su chozo tornando a su antigua vestimenta, consistente en un pedazo de sayal atado a los riñones con una tomiza». Allí le esperaba la tragedia, pues al poco apareció muerto. Tal vez asesinado por alguno de aquellos truhanes. Donde cayó, un piadoso compañero erigió la cruz.

 Así que volveremos a encontrar la cruz de El Mirlo y mirar desde allí a El Cancho de los Muertos.

lunes, 30 de marzo de 2009

Peñotillo y Maliciosa desde La Barranca


La subida a la Maliciosa por el camino usual, desde la Bola del Mundo o desde el Valle de la Barranca remontando por el arroyo del Regajo del Pez y por El Piornal, es salvo mal tiempo o presencia de hielo camino trillado, paseo montañero prácticamente desprovisto de la rudeza y emoción que adivinas cuando contemplas desde la cumbre la otra subida por la cara sur. Había que intentar la cara sur.

Hicimos hace ya meses dos aproximaciones desde Vista Real (El Boalo), que nos llevaron hasta prácticamente la base del Peñotillo haciendo la subida por el Arroyo de Peña Jardinera. La primera parte de esa ruta es pesada porque hay que hacer una subida por una pista hormigonada con fuertes rampas hasta llegar a un pantano, a partir del cual se inicia un ascenso mucho mas interesante por una senda que transcurre prácticamente en paralelo a dicho arroyo. Después de superar mas de 800 metros de desnivel desistimos proseguir, un poco exhaustos, una vez porque pegaba el sol en exceso, otra porque el cuerpo no nos pedía mas y la subida claramente hubiera requerido la utilización de crampones en los neveros de la parte final. Pero fue quedando como una tentación invencible: que había que intentarlo, llegar por allí a la Maliciosa.

Así que en este sábado primaveral, mas bien fresquito y con amenaza de cambio de tiempo nos pusimos las pilas a ver hasta donde llegábamos. Éramos cuatro, dos chicas trepadoras y dos chicos porteadores. Cambiamos el punto de inicio que esta vez fue desde la Barranca (aparcamiento del Hotel, señalización sendero Tijerillas – La Maliciosa)

 La marcha se inicia bajando hasta cruzar el Río de Navacerrada por un puentecillo. A partir de este punto es una subida continuada que no dará descanso salvo en algunos tramos casi llanos de la Cuerda de Los Almorchones. También es permanentemente bellísima porque se mantienen las vistas sobre el Valle de La Barranca y cuando se llega a la cuerda se va divisando también los dos de los valles o cuencas que se generan en la Maliciosa: el del Arroyo de la Maliciosa y el del Arroyo de Peña Jardinera. Mientras se va progresando por la cuerda en dirección al Peñotillo. La vista de esta cumbre que es el fondo permanente durante toda la subida, aparte de los valles anteriores, hace que esta marcha sea incomparable. No se puede describir la belleza de este impresionante Peñotillo, auténtico monumento pétreo, mucho mas que la propia Maliciosa. Y es emocionante irse acercando a la base del mismo, hasta la misma base que la senda circunvala, y que es lugar mágico conde hay que descansar y parar a contemplar, casi meditar.

La subida hasta el Peñotillo es esforzada por las fuertes pendientes aunque no especialmente dura. Estaban las chicas espléndidas como el día y con energía desbordante con lo que se pusieron en cabeza y los chicos ya sabíamos a quien seguir. Cuando llegamos allí teníamos, como se dice, buenas sensaciones y nos parecía que merecía la pena seguir y explorar la zona. Hay en la base del peñotillo un refugio que es cueva natural con entrada tapiada en piedra que es casi un chalé de lujo, tiene poca altura pero hay espacio para tres o cuatro personas que quisieran dormir protegidos.

Rodeando por la derecha el Peñotillo pronto se accede a la zona superior de la cuenca del Arroyo de Peña Jardinera, desde donde arrancan las vías que ascienden hasta la Portilla del Peñotillo.

En este punto tuvimos el ánimo de iniciar la subida sin compromiso de rematarla. Se asciende entre canchales y terreno descompuesto con pendiente muy fuerte, que a veces obliga a buscar piedra para evitar deslizamiento. Cuando parecía que llegaba el desánimo empezamos a considerar que merecía la pena terminar de subir para evitar el descenso por el camino de subida cosa que parecía desaconsejable. A pesar del esfuerzo conviene disfrutar en esta subida los paisajes y sensación de vértigo de lo que dejas atrás. Cruzando algunos neveros arriba llegamos a la cuerda final y casi directamente al geodésico de la Maliciosa. Allí llegamos con las caras radiantes porque ninguno habíamos pensado que íbamos a subir y lo que nos salía eran ganas de abrazarnos y de felicitarnos mutuamente. Entre jóvenes montañeros que habían llegado por el camino fácil se veían caras de extrañeza porque no les cuadraba mucho que nosotros subiéramos por allí. Pero algunos nos pidieron consejo sobre como bajar por allí, no porque estuviera en su plan sino porque las nieblas estaban entrando por la Bola y el temporal anunciado amenazaba, y aquella les parecía una mas rápida vía de escape.

 Decidimos retrasar la comida porque, en efecto, el tiempo cambiaba rápidamente a peor. Las nubes cubrían las cimas de Guadarrama y jirones de nubes se proyectaban hacia el valle de la Barranca. El viento era fuerte de este lado, lo que disolvía la niebla pero era una amenaza de ventisca. Nos dirigimos rápidamente hacia el Collado del Piornal.

 El regreso lo hicimos tomando el camino del Regajo del Cancho Negro, que después se convierte en Regajo del Pez, hasta llegar ya iniciada la ventisca a la fuente de La Campanilla.

 Con riesgo de quedarnos helados paramos a comer, junto a la fuente y en mesa, como Dios manda. No podíamos volver con los huevos a casa. Quiero decir que llevábamos media docena de huevos que freímos con chorizo y acompañamos con vino y mas cosas que con el frio que hacía no daba tiempo contar. Y continuamos empujados por el viento y una nieve fina y granulosa que decoró nuestras espaldas y mochilas haciendo un bonito cuadro del final de la marcha.


Hay una cita que me gusta, y que os repito.

El Pico de la Maliciosa (2.227m), única cumbre que merece tal denominación, si acaso compartida con el Peñalara, en toda la Sierra de Guadarrama. En otros tiempos también se conoció a esta cumbre con el nombre de La Monja por su forma parecida a la toca de las religiosas, cuando esta nevada, la cara sur. Hasta hace muy poco, esta cumbre era de propiedad particular. Afortunadamente la Comunidad de Madrid se hizo con ella por 65 millones de pesetas. 

Hay mucha información de esta marcha. Nosotros seguimos aproximadamente la ruta que se define en:

domingo, 22 de marzo de 2009

Vals con Bashir. Recordando la invasión del Líbano

Película bélica de animación de Ari Folman excepcionalmente buena que nos hace recordar la invasión del Líbano por los israelíes.

La película relata la historia personal del cineasta a través de un proceso de búsqueda de recuerdos olvidados traumáticamente después de décadas, ejercicio que en efecto tiene mucho de expresión de culpas, tranquilización de conciencias y reivindicación de la paz. Es un testimonio valiente, honrado, antibelicista, sumamente valioso. Además desde el punto de vista cinematográfico la película es magnifica, un documental de animación muy especial.

 Golem aporta en su reseña la crítica de Juan Zapater, del Diario de Noticias

Esta película merece ser contemplada releyendo y recordando acerca de los acontecimientos a los que se refiere, que desgraciadamente se van olvidando entre tantas y sucesivos agresiones bélicas similares, y también porque la política informativa general sobre los mismos es la desinformación.

 Por aportar alguna documentación de interés, me animo a incluir a continuación un articulo de Higinio Polo, publicado en el Viejo Topo en Marzo del 2006, que contiene una descripción de los antecedentes y sucesos que dieron lugar a la matanza de los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila.


Beirut café

texto de Higinio Polo

El Viejo Topo Marzo 2006

 

Han transcurrido más de veinte años de los hechos de Sabra y Chatila. Pero al viajero que llega hoy a Beirut le persigue todavía la sombra de aquella terrible matanza de inocentes.

Sus supervivientes siguen ahí; ellos, junto con los palestinos de otros campos, hace tiempo que perdieron toda esperanza.

 

“…necesitamos creernos

seres humanos como vosotros.”

MAHMUD DARWISH,

poeta palestino, expulsado de su pueblo natal, Birwa, que fue arrasado por los judíos en 1948; atrapado en el asedio israelí de Beirut, en 1982; prisionero en el cerco de Ramala, en 2002, donde, una vez más, las tropas israelíes destruyeron su casa.

 

Beirut café es un establecimiento sencillo, desordenado, sin gracia. Está en la Corniche de Beirut, como llaman todavía a la que fue Avenida de los Franceses en la época del mandato de la Sociedad de Naciones. Al lado del café hay un edificio casi destruido en la guerra civil libanesa que, aunque mantiene su estructura intacta, está abandonado. Un poco más allá hay una pequeña mezquita y, junto al Beirut café, dos palmeras. Algo más lejos se ve un alto edificio de apartamentos de lujo, donde viven los viejos ricos de antes y los nuevos ricos de ahora. Desde el lugar en que yo observaba ese cafetín, se yergue la doble línea de palmeras que recorre la  Corniche como si fuera el cuerpo extendido de una mujer. Enfrente del Beirut café prueban suerte los pescadores de caña, apoyados en el pretil de hierro que limita el paseo con las rocas. No sé qué me atraía de aquella tasca, anodina, vulgar, donde no tenían hommos ni mutabal de berenjena, ni los sabrosos mezzes. Tal vez era que congregaba a algunas personas que me llamaron la atención. Fui en varias ocasiones, y hablé con la lengua perdida de los turistas con hombres que fumaban en la pipa de agua, el narguile, ante los coches aparcados, o que iban y venían con cometidos imprecisos.

Hablé, en esos días, también, con varias mujeres. Una se llama Reem. Otra, Laila. Una tercera, Jazmine. Pero quien me conmovió fue la más joven, Amal. Amal, que no debe tener más de veinticinco o veintisiete años, hablaba algo de castellano. Nació en Beirut, pero toda su infancia transcurrió en Venezuela. Sus padres, libaneses, huyeron de la guerra civil. Estaba olvidando el idioma castellano, porque no había vuelto a hablarlo, pero oía en su casa a sus hermanos mayores y a sus padres, que, aunque hablaban el árabe libanés, seguían diciendo frases, palabras que se les habían adherido a la piel, en el idioma almidonado y musical de Caracas. Mientras procurábamos entendernos, especulé.

Supuse que Amal era musulmana, por su nombre, pero no me atreví a preguntárselo, y si, como yo pensaba, tenía unos veintisiete años, había nacido hacia 1979.

Según me contó, la familia hablaba, a veces, de los bombardeos israelíes sobre Beirut, en 1982, que causaron casi veinte mil muertos, entre palestinos y libaneses. Y hablaban de Sabra y Chatila. Ella no recordaba nada, apenas los sobresaltos por las explosiones y una extraña inquietud que le asaltaba en los momentos más inoportunos.

Beirut es una sugestiva mezcla de confesiones y costumbres, una ciudad martirizada, alegre, mediterránea.

Aquí viven maronitas, griegos ortodoxos, armenios, católicos (divididos a su vez en grupos: armenios, romanos y otros), musulmanes (sunnitas, chiítas, alauitas), y drusos, acompañados por los refugiados palestinos, que son musulmanes pero también cristianos, y ateos: Beirut es una atractiva mezcla. Quedan pocos judíos: los hebreos beirutíes abandonaron la ciudad y ahora se concentran en Nueva York, sobre todo en Brooklyn. Hablé con varias personas más; a veces, en momentos difíciles: uno de los días, el 28 de diciembre de 2005, Israel había atacado con misiles un campo de refugiados palestino, Naameh, cercano a Beirut. No era algo nuevo, ni sorprendía a nadie, porque el gobierno israelí ya ha empleado aviones F-16 para bombardear ciudades palestinas en los territorios ocupados, o ciudades libanesas.

Naameh es un campo donde se concentran palestinos partidarios del Frente Popular para la Liberación de Palestina, FPLP. Ese día, la intimidación israelí no acabó ahí: la prepotencia del gobierno de Tel-Aviv le llevó a amenazar públicamente con volver a bombardear Líbano si recibía más ataques palestinos desde su territorio.

Es decir: no amenazaba con perseguir a quienes atacaban, sino que prometía represalias sobre la población civil. Era un peligro creíble, puesto que Israel ha bombardeado en muchas ocasiones el Líbano. La más terrible fue en 1982, cuando el Tsahal puso cerco a Beirut. El asedio fue medieval, y causó una de las mayores matanzas de civiles en el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial.

* * *

En 1958, pocos años después de la independencia del Líbano, los norteamericanos acabaron a sangre y fuego con una revuelta de drusos y chiítas contra el grupo mayoritario que controlaba el país, los maronitas.

Diecisiete años después, en 1975, las milicias cristianas y musulmanas volvieron a enfrentarse, en lo que sería el inicio de la guerra civil. En apenas dos años murieron cincuenta mil personas. En el marco de esa guerra civil, Israel invadió el Líbano, en 1978, con la intención de destruir a las fuerzas palestinas establecidas en el país.

Debe recordarse que muchos refugiados palestinos están en el Líbano desde 1948, el año de al-Nakba, el desastre, cuando los hebreos aprovecharon el pánico de los palestinos para crear el Estado de Israel, forzando a centenares de miles de personas a abandonar sus hogares, sus pueblos y ciudades. Fue una limpieza étnica feroz. Otros, como la dirección de la OLP, se establecieron en Líbano a consecuencia del septiembre negro de 1970 en Jordania, cuando el rey Hussein preparó con su ejército una matanza de más de tres mil palestinos.

Muchas organizaciones de la diáspora se habían establecido en Jordania tras la guerra de los seis días, en junio de 1967, cuando Israel estaba llevando a cabo nuevas expulsiones de palestinos: Hussein estaba inquieto por el futuro de su propio poder y por la molesta estadía en su país de la resistencia palestina. En 1978, cuando Israel invade el Líbano, los palestinos llevan ya treinta años viviendo en campos de refugiados. Treinta años. El pueblo palestino ha resistido asedios inhumanos desde el día de su expulsión de la tierra que hoy es Israel. La invasión israelí del Líbano fue una de las más terribles.

Los principales organismos palestinos, expulsados de Jordania después del septiembre negro, se habían instalado en la capital libanesa, desde donde coordinaban la resistencia: pero, en 1982, el gobierno israelí creyó llegado el momento de acabar con ella para siempre. Las divisiones acorazadas de Ariel Sharon ocuparon todo el sur del Líbano y cercaron Beirut. Iniciaron entonces casi dos meses de bombardeos, que destruyeron la ciudad y causaron miles de muertos. Yaser Arafat cambiaba cada dos horas de refugio, porque el ejército israelí bombardeaba cualquier lugar donde pudieran protegerse el jefe de la resistencia palestina y su Estado mayor.

A consecuencia de la guerra civil, Beirut estaba dividida por la línea verde, que separaba al Oeste musulmán del Este cristiano. Israel tuvo buen cuidado en bombardear solamente la parte musulmana de la ciudad, donde se concentraban los milicianos de Arafat. El 12 de agosto fue el peor día de los bombardeos sobre Beirut, que Mahmud Darwish recoge en su libro Memoria para el olvido, donde escribe: “Todos tendríamos que poner nuestro grano de arena, para contribuir a que el mundo no olvide a los refugiados palestinos.” Los bombardeos forzaron a Yaser Arafat y la OLP a aceptar su evacuación del Líbano. Seis mil o siete mil milicianos palestinos salieron por mar desde Beirut, protegidos por diplomáticos occidentales y por la ONU, mientras empezaba a desplegarse una fuerza multinacional en la ciudad. Israel no consiguió sus propósitos, aunque su venganza iba a ser terrible. La OLP y Arafat no se iban derrotados, pero dejaban desprotegidos a los refugiados palestinos del Líbano. Sabra y Chatila pagarían un precio muy alto por ello.

Los combates en el país continuaron, en medio de banderías y confusión: Israel seguía ocupando el sur del país y Siria tenía sus tropas en el norte, mientras grupos de palestinos disidentes de la OLP y grupos prosirios luchaban contra los milicianos (establecidos en otras ciudades) de Arafat, que volvió al Líbano al año siguiente, y drusos y falangistas cristianos se enfrentaban entre sí, recibiendo los primeros la ayuda de los chiítas de Amal y los segundos el apoyo del ejército regular libanés. Muchas alianzas cambiarían después, en el horror de la guerra civil. Poco después fue forzada la retirada de las fuerzas norteamericanas (establecidas en Líbano a consecuencia de los acuerdos de alto el fuego de 1982) por el atentado, en octubre de 1983, con un coche bomba contra la embajada estadounidense que causó la muerte de 265 marines. Pero Estados Unidos continuó interviniendo activamente en el conflicto a través de sus servicios secretos, de comandos camuflados y de acciones terroristas: el 8 de marzo de 1985, por ejemplo, la CIA colocó un camión repleto de explosivos y lo hizo estallar en Beirut con la intención de matar al dirigente chiíta Mohammed Hussein Fadlallah: el atentado norteamericano causó 80 muertos y casi doscientos heridos. Israel siguió involucrado en la guerra civil, apoyando a los grupos cristianos contra la coalición musulmana que recibía ayuda de algunos países árabes. El país casi fue destruido. La paz llegaría al Líbano muchos años después, con los acuerdos de Taif.

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En 1982, Ariel Sharon detentaba la cartera de Defensa en el gobierno de Menahem Begin. Sharon tenía un claro objetivo: destruir a la OLP, acabar con la cuestión palestina. Pero, para ello, necesitaba invadir el Líbano.

No actuaba solo: todo el gobierno israelí estuvo de acuerdo en lanzar una dura guerra de agresión. Entonces, hace casi un cuarto de siglo, los gobiernos israelíes todavía soñaban con la idea de construir un Gran Israel, asentado en las dos riberas del Jordán, de forma que ocupase toda la vieja Palestina del mandato británico y una parte de Jordania e incluso de Siria, y, por supuesto, que englobase los territorios ocupados palestinos de 1967: ni se discutía la posibilidad de retirarse de Cisjordania y Gaza. Era lógico que los gobernantes israelíes soñasen con ello: ya en el recién creado Israel de la década de los cincuenta del siglo XX los viejos mapas elaborados por el sionismo dibujaban sus fronteras hasta el actual Iraq.

Para construir el Gran Israel los israelíes necesitaban, primero, acabar con la resistencia palestina, con sus organizaciones, con la OLP. Y la precaria situación de Arafat y del resto de dirigentes palestinos en el Líbano de 1982 era una ocasión de oro: la aprovecharon. En sus cálculos, Begin y Sharon pretendían iniciar las deportaciones de millones de palestinos hacia los países vecinos, como ya habían hecho en 1948, para que Cisjordania y la franja de Gaza quedasen libres de quienes las habían habitado desde hacía siglos. La política racista y deshumanizadora del Likud llegó a ser escalofriante: en esos días de 1982, Menahem Begin calificó a los palestinos de “animales de dos patas”, lo que, implícitamente, significaba que se les podía exterminar. No era nuevo: partidos como el Gahal o el Herut, herederos del visionario Vladimir Jabotinsky, habían apoyado la idea de expulsar a todos los palestinos. Con distintas formulaciones, el Likud y otras organizaciones seguirían manteniendo ese objetivo, con discreción, hasta que, en la última década del siglo XX, a consecuencia de la Intifada, empezó a ser evidente que la deportación del pueblo palestino era imposible, y que, para acabar de complicar las cosas, incorporar Cisjordania y Gaza a Israel podría crear una alarmante situación a causa del crecimiento demográfico palestino: los judíos podrían llegar a ser minoritarios en el Gran Israel.

Que Israel acuse de terrorismo a la OLP o a las diferentes organizaciones palestinas no deja de ser un sarcasmo, sobre todo si no se olvida el antecedente del Irgún (Irgun Zevai Leummi: Organización Militar Nacional), una organización terrorista judía que no solamente voló, en 1946, el célebre Hotel Rey David de Jerusalén, causando casi cien muertos, sino que inició las matanzas sistemáticas que crearon el pánico entre la población palestina, en los meses decisivos de la proclamación del Estado de Israel. La matanza de Deir Yassin, en la cual fueron asesinadas 254 personas por los terroristas judíos del Irgún, supuso el inicio del éxodo, de la deportación de buena parte de la población palestina hacia países vecinos como el Líbano, Jordania, Siria o Egipto. Esa matanza fue utilizada después por los soldados hebreos como advertencia, como amenaza, para forzar a los palestinos a abandonar sus casas, sus aldeas, sus pertenencias. Con la bocacha de los fusiles, a los palestinos les enseñaron la carretera que se dirigía hacia Jordania. Existían otras organizaciones terroristas israelíes: Edward Said recordaba la actividad de la siniestra Unidad 101, dirigida por Ariel Sharon, cuando ya se había proclamado el Estado de Israel, y que, después, durante años, se dedicaría a realizar acciones terroristas contra los palestinos, asesinando, quemando sus casas, aterrorizando a los habitantes de los territorios ocupados para forzar su exilio. La judía Tel-Aviv, por ejemplo, debía crecer y, para ello, debía morir la Jaffa palestina.

Tras la proclamación del Estado de Israel, la actuación del Tsahal y del Mossad fue también contundente: a lo largo de las cinco décadas siguientes han organizado matanzas y asesinatos sistemáticos en más de quince países distintos, siempre a la caza de dirigentes palestinos.

Por eso, resulta grotesco que, hoy, Israel acuse a los palestinos de connivencia con el terrorismo, hipócrita acusación que, además, pretende ocultar la responsabilidad de Tel-Aviv en la deliberada destrucción, en nuestros días, de los servicios de seguridad de la Autoridad Nacional Palestina, y el sabotaje durante años a los esfuerzos del gobierno de Arafat para controlar el territorio de Cisjordania y Gaza: Israel ha apostado por la segregación y el caos, por la humillación, por la disgregación y el enfrentamiento entre los propios palestinos.

Ariel Sharon, que ahora desaparece de la escena, tuvo una responsabilidad evidente en la matanza de Sabra y Chatila: ordenó a sus soldados en Líbano que facilitaran los movimientos y dotaran con medios de transporte a los falangistas cristianos de Eli Hobeika, que fueron quienes se mancharon las manos de sangre palestina.

Sharon sabía que los falangistas estaban preparados para matar. Eli Hobeika moriría, años después, en circunstancias extrañas: sin duda, asesinado por el Mossad.

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Hoy, los campos de Sabra y Chatila están rodeados por el ejército libanés, que tiene establecidos puestos de control. Es peligroso visitar esos campos de refugiados, y, cuando son requeridos, los taxistas de Beirut se niegan a llevarte a Sabra y Chatila. Es lógico: no sólo sus habitantes desconfían de los extraños, sino que no es raro que, en Líbano, los campos sean bombardeados por los israelíes. La vida de sus habitantes es difícil: los palestinos no tienen derechos en Líbano. Viven de la caridad de la ONU, y han perdido sus tierras, su patria, su propia existencia, e Israel quiere enterrar su memoria.

Todos son apátridas; y son varios millones: el grupo más numeroso del mundo. Israel pretende que los refugiados palestinos sigan malviviendo siempre en los campos: muchos llevan ya cincuenta años. En nuestros días, incluso los drusos de Walid Jumblatt han reclamado que los palestinos se desarmen Tras el septiembre negro, la OLP concentró sus oficinas y su estructura en la capital libanesa. No podían saber que, doce años después, estarían atrapados en Beirut. Ariel Sharon dirigió el ejército israelí, con ciento veinte mil soldados, e invadió el Líbano el 6 de junio de 1982. De antemano, Begin y Sharon tenían preparado el pretexto: un intento de asesinato del embajador israelí en Londres. Una semana después, los soldados israelíes y sus blindados estaban rodeando Beirut. Tenían un preciso objetivo: destruir a la OLP y matar a sus principales dirigentes, Yaser Arafat incluido. Para ello, no escatimaron recursos: bombardearon por tierra, mar y aire, con bombas de racimo o de fósforo. No consiguieron matar a Arafat, ni doblegar a Beirut, pero los israelíes permanecerían en el Líbano durante dieciocho largos años de ocupación militar.

Las frenéticas negociaciones internacionales culminaron con un acuerdo para la retirada de los palestinos de Beirut, que se inició el 21 de agosto de 1982, mientras entraban en el país tropas francesas y norteamericanas.

Dos días después, Bashir Gemayel, opuesto a palestinos y sirios y, en la práctica, impuesto por Tel-Aviv, fue elegido presidente del Líbano. Su asesinato sigue siendo oscuro, puesto que apenas permaneció tres semanas en la presidencia del país, y su total dependencia inicial de los israelíes, a la que pretendía resistirse, lo convirtió en un personaje prescindible. A principios de septiembre ya no quedaban milicianos palestinos en Beirut.

La evacuación de Arafat y los guerrilleros palestinos dejó sin defensa a los campos de refugiados. Muchos milicianos llorarían después, amargamente, haber dejado indefensos a sus hermanos en el Líbano. Y esa indefensión fue aprovechada por Sharon. Porque la matanza de Sabra y Chatila forma parte del odio hacia los palestinos, forma parte del deliberado propósito de destruir a su pueblo, de hacerle aceptar la derrota definitiva y el éxodo, la pérdida de su tierra. Así, en un jueves negro, el 16 de septiembre de 1982, cuando empezaba a oscurecer, los falangistas libaneses penetraron en Sabra y en Chatila. Habían llegado hasta allí gracias a la colaboración del ejército israelí que dominaba todo el sur del Líbano hasta Beirut: Sharon impartió órdenes estrictas.

Los falangistas estaban dirigidos por Eli Hobeika, uno de los principales jefes de la Falange cristiana. Iban preparados: llevaban armas con silenciadores, hachas, cuchillos afilados, y los artificieros del ejército israelí empezaron, según lo convenido, a lanzar bengalas para iluminar los campos de refugiados: los asesinos tenían que trabajar rápido.

Los falangistas permanecieron en Sabra y Chatila hasta las primeras luces de la mañana del sábado 18 de septiembre. En esas horas, los hombres de Hobeika protagonizaron una matanza sistemática que no olvidó ningún horror: niños o ancianos fueron asesinados, degollados, mujeres indefensas y jóvenes embarazadas fueron violadas por falangistas y después recibieron un tiro en la nuca y, algunas, fueron abiertas en canal, como si fueran ganado. Algunos niños fueron estrellados contra los muros, para reventar sus cabezas.

Aparecieron cadáveres sin los genitales, muertos horriblemente desfigurados. Espías y comandos camuflados del ejército israelí habían identificado previamente a los palestinos que tenían relaciones fuera de los campos, con la resistencia, para que los falangistas los eliminaran.

Todavía hoy es difícil detenerse en los detalles del horror, en los contornos oscuros de aquellas bandas de asesinos que delimitaron el territorio de la vida y de la muerte de tantos palestinos indefensos. Los falangistas fueron rápidos, fríos, eficaces. Pese al cerco del ejército israelí, algunos periodistas pudieron documentar la matanza, fotografiaron los cadáveres, hablaron con los horrorizados supervivientes. Después, los asesinatos continuarían en Beirut Oeste y en el sur del Líbano.

Pese a que los soldados israelíes rodeaban los campos para impedir que los palestinos escapasen, facilitando así la acción de los falangistas, algunos consiguieron hacerlo y la noticia de la matanza saltó a las páginas de la prensa mundial y a los noticiarios de las televisiones. Pronto, el mundo supo lo que estaba ocurriendo en Sabra y Chatila: desde el embajador norteamericano hasta los medios informativos (Zeev Schiff, un periodista del diario israelí Haaretz, alertó ya de la matanza en la mañana del 17 de septiembre, y el jefe de los servicios de información del ejército israelí sabía ya que, en ese momento, más de trescientas personas habían sido asesinadas), pasando por los generales israelíes. Tras las horrorizadas denuncias, que recogió la prensa internacional, al Tsahal no le quedó más remedio que abrir una investigación. El recuento de los cadáveres fue uno de los capítulos posteriores del horror: se contaron setecientos sesenta y dos cadáveres abandonados en las calles de los campos de refugiados, y los encargados de documentar la matanza revelaron que unos mil doscientos asesinados habían sido enterrados por sus familiares. La matanza era inocultable, hasta el punto de que, además del Tsahal, los propios tribunales israelíes se vieron obligados a investigar. El 28 de septiembre, diez días después de la carnicería, el gobierno israelí decidió crear una comisión de investigación dirigida por Itzhak Kahan, presidente de la Corte Suprema israelí, y compuesta por el juez Aharon Barak y el general en la reserva Yona Efrat.

A principios de febrero de 1983, esa célebre comisión Kahan admitió que Ariel Sharon había permitido a los falangistas entrar en los campos de refugiados y que había contraído responsabilidad por la matanza, aunque declaró secretas muchas de las pruebas que implicaban al ejército israelí. Casi un cuarto de siglo después, esas pruebas siguen siendo secretas. Sharon, desafiante, se negó a asumir las conclusiones y, mucho menos, a dimitir como ministro de Defensa.

Menahem Begin le retiró la cartera de Defensa, pero le permitió seguir en el gobierno sin ninguna ocupación concreta. Después de todo, había hecho un buen trabajo.

Hoy, pese a las evidencias, la propaganda sionista sigue insistiendo en que Israel no tiene ninguna responsabilidad, mantiene que el Tsahal tenía un total desconocimiento de los hechos e incluso llega a afirmar que el general Amos Yaron, jefe del ejército israelí, advirtió seriamente a Hobeika de que no se atacase a los civiles palestinos, aunque las pruebas de la complicidad son tan grandes que no les queda más remedio, como hizo la propia comisión Kahan, que admitir la responsabilidad “indirecta” de Israel.

El escritor francés, Jean Genet, que estaba en esos momentos en Beirut, pudo acceder a los campos y presenciar el horror. Genet nos dejó su espanto en las líneas de Cuatro horas en Chatila. Tenemos también el libro de Amnon Kapeliouk, Sabra et Chatila: Enquête sur un massacre, y las páginas que escribió Robert Fisk. Además, una Comisión Internacional de Encuesta estableció en 2.750 el número de personas asesinadas. Sin embargo, siguen faltando testimonios que completen lo que ocurrió en esas dantescas cuarenta horas. Los propios palestinos investigaron para documentar con exactitud la matanza, pero el Centro de Investigación Palestino, que se encontraba en Beirut Oeste, fue destruido por un atentado el 5 de febrero de 1983, y sus empleados deportados.

Eli Hobeika, el dirigente falangista libanés, fue la mano ejecutora de la matanza de los palestinos de Sabra y Chatila, y sus cómplices justificaron los hechos como una respuesta por el asesinato, el 14 de septiembre de 1982, de Gemayel. Eli Hobeika se añadía así a la triste lista de asesinos del pueblo palestino que ya integraban, entre otros, Hussein de Jordania o el propio Ariel Sharon. Tras el fin de la guerra civil libanesa, Hobeika fue ministro en tres gobiernos distintos: en uno, con Omar Karameh y, en dos ocasiones, con Rafiq Hariri, asesinado recientemente, en febrero de 2005. Hobeika siguió viviendo durante muchos años con esa responsabilidad en su corazón, pero es probable que no sospechara cuál iba a ser su propio destino.

Los gobiernos árabes nunca estuvieron interesados en exigir responsabilidades por la matanza, y abandonaron a los palestinos. Nunca se creó un Tribunal Internacional para juzgar esos crímenes. Sin embargo, hoy, a los israelíes algo les traiciona: en vez de declararse horrorizados por la matanza y condenarla con convicción, como debe hacerse con cualquier asesinato, y en lugar de reclamar la creación de un Tribunal Internacional para juzgar las responsabilidades, sus esfuerzos siempre han estado dirigidos a minimizar la masacre, a hacerla olvidar, a justificarla como una venganza de libaneses cristianos contra los palestinos, y a remarcar la protección de Siria a Eli Hobeika, ocultando que antes fue aliado y protegido de Israel. ¿Dónde están hoy los militares israelíes que cerraron los ojos ante el horror de Sabra y Chatila? ¿Dónde están quienes ampararon la matanza? Cuando, muchos años después, en los tribunales belgas, fue presentada una denuncia para que se investigase la matanza de Sabra y Chatila, Hobeika fue convocado a declarar en Bruselas. Nunca lo hizo: en 2002 fue asesinado por el Mossad. Antes había cambiado de bando, abandonando a Israel para pasarse al bando sirio.

Según pasan los años vamos sabiendo más cosas del horror de Sabra y Chatila. Rosemary Sayegh, que investigó la matanza, pudo entrevistar a algunos supervivientes.

A Suad Srour, por ejemplo, una mujer que participó en el Tribunal de Mujeres celebrado en Beirut, en 1996.

Suad, que tiene todavía balas incrustadas en su columna vertebral y serios problemas de movilidad, perdió a su padre y a cinco hermanos en la matanza. Como si el sufrimiento no tuviera fin, cuando Suad era trasladada en una ambulancia fue violada en uno de los controles militares que rodeaban los campos de refugiados. Suad sigue militando por la causa del pueblo palestino, aunque se mueva con dificultad y necesite píldoras para dormir.

Sabemos muchas otras cosas, aunque los palestinos siguen esperando que se haga justicia. En 2005, el diario israelí Yedioth Ahronoth entrevistaba a Robert Hatem, Cobra, un mercenario libanés a sueldo de Israel que se vanagloria de haber matado a centenares de palestinos.

Antes ya había publicado un libro en Estados Unidos, intentando quitar toda responsabilidad a Ariel Sharon por la matanza de Sabra y Chatila. Hatem, que hoy vive en París (aunque no dispone de derecho de asilo definitivo, porque a juicio del Quai d’Orsay está “implicado en decenas de asesinatos”), reconocía haber disfrutado disparando a corta distancia a la cabeza de los palestinos condenados a morir en Sabra y Chatila. Cobra era uno de los guardaespaldas de Hobeika y fue entrenado en Israel: se convirtió en un asesino frío, sin escrúpulos, eficaz, capaz de matar sin pestañear. Era competente, hasta el punto de que cumplió destino en la guardia personal de Ariel Sharon durante la invasión del Líbano, y sabía resolver las necesidades de sus jefes: según su propia confesión, buscaba muchachas, secuestrándolas si era necesario, para ofrecérselas a Eli Hobeika. La repugnante experiencia del horror admite que la guerra es feroz, pero que los hombres necesitan seguir satisfaciendo sus deseos.

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Amal, la joven que yo había conocido en el Beirut café, recordaba también Sabra y Chatila gracias a los relatos familiares. Y Jazmine, que no se había movido de Beirut. De hecho, todos recuerdan la matanza, aunque en el

Beirut de nuestros días a casi nadie le gusta hablar de aquellos años. Mientras yo escuchaba, de esas y otras personas, sus historias personales de aquel 1982, no podía dejar de pensar en el destino de los refugiados palestinos, en los acuerdos de Oslo entre la OLP y el gobierno israelí; pensaba también en el anodino aeropuerto internacional de Beirut, al cual había llegado unos días antes. Allí se congregaron los falangistas, antes de dirigirse a Sabra y Chatila. Tras la matanza, excavaron una gran tumba colectiva, cerca de la calle Abu Hassan Salamremeh y de la carretera del aeropuerto, a donde siguen acudiendo los palestinos que sobrevivieron y los familiares de las víctimas.

En 1990, los acuerdos de Taif, en Arabia, entre las distintas facciones libanesas, permitieron poner fin a la guerra civil y volver a los esquemas de reparto del poder político anteriores al conflicto. En el Líbano sigue existiendo el miedo, pero el país se reconstruye y la ciudad cambia: el Beirut café está rodeado de nuevos edificios.

Sin embargo, no ocurre lo mismo con la vida de los palestinos, que siguen con sus casas siempre provisionales, arrastrando su incierto futuro, viéndose privados de derechos, apátridas.

Dicen los libaneses que los campos de Sabra y Chatila están en peores condiciones, incluso, que en 1982, y sabemos que, allí, los refugiados palestinos siguen acariciando el sueño de volver a su país, aunque el mundo parezca olvidarse de ellos. Al lado de ese Beirut café donde yo había escuchado los relatos de un verano implacable y sangriento de un cuarto de siglo atrás, embarcaron los milicianos palestinos de Arafat, dejando su corazón desgarrado en Beirut, forzados a abandonar a los habitantes desarmados que quedaban en los campos. Esos palestinos, a los que no pude ver en un Beirut soleado de principios de 2006, siguen esperando el retorno a su tierra, a Palestina